quinta-feira, 17 de abril de 2014

Un profesor norteamericano cuestiona de raíz el mito de las relaciones Iglesia-Estado en EE.UU.


El profesor John Rao.



El profesor John Rao, norteamericano de origen siciliano, es doctor en Historia por la Universidad de Oxford, y desde 1979 enseña Historia de Europa en la Universidad St John de Nueva York, una de las grandes instituciones académicas católicas de Estados Unidos. Dirige además The Roman Forum, institución fundada en 1968 por el filósofo Dietrich von Hildebrand (1889-1977) para defender la doctrina y la cultura católicas.
Acaba de publicarse en España un trabajo suyo, "La ilusión americanista", incorporado al volumen Iglesia y política. Cambiar de paradigma (Itinerarios) que, coordinado por Bernard Dumont, Miguel Ayuso y Danilo Castellano, recoge doce aportaciones de pensadores católicos de todo el mundo, todos ellos profesores universitarios, con una perspectiva tradicional en torno a las relaciones entre el poder y la religión, la laicidad y el secularismo. Publicado simultáneamente en español, francés e italiano, y próximamente en inglés, el libro analiza las perspectivas introducidas por la declaración Dignitatis Humanae del Concilio Vaticano II, tanto en el momento de su promulgación en 1965 como en la celebración de su cincuentenario.
La perspectiva de Rao es particularmente interesante por su desmitificación, teórica e histórica, de las relaciones entre Iglesia y Estado en Estados Unidos, consideradas con frecuencia como un ideal a seguir.
Algo que parece más cuestionable que nunca a raíz del llamado "mandato abortista" de la Administración Obama, que obliga a todos los empleadores del país, instituciones católicas incluidas (como colegios y hospitales), a asegurar a sus trabajadores con una cobertura de prácticas anticonceptivas, de fecundación artificial e incluso aborto que la Iglesia rechaza. Los obispos norteamericanos han liderado un reacción social sin precedentes en defensa de la libertad religiosa así atacada.

*  *  *

-¿Cómo es posible que en el país de la libertad religiosa esté ese derecho bajo amenaza tan grave?

-Porque en este país la religión es "libre" a condición de que no pretenda discutir el "orden público" ni el "sentido común" tal como los entienden cualesquiera de las fuerzas materialistas que eventualmente dominen la sociedad.

-¿No es entonces un problema nuevo?

A graça de Cristo e os “místicos de fora” (pelo Pe. GARRIGOU-LAGRANGE, O. P.)


A graça de Cristo e os “místicos de fora”

Pré-mística natural
e mística sobrenatural

(Angélico de Roma, 1933)

Rev. Pe. Réginald GARRIGOU-LAGRANGE, O. P.



Fala-se muito, atualmente, de certos “místicos de fora” que, sem pertencer visivelmente à verdadeira Igreja de Cristo, teriam tido a vida da graça e da caridade no grau superior que caracteriza a vida mística.
Desse ponto de vista foram escritos os estudos de Louis Massignon [1] e Asin Palacios [2] sobre o Islame. Esses trabalhos, que apresentam sobretudo documentos, pedem ser examinados com cuidado, e cremos que seus autores não aceitariam as conclusões gerais que alguns acreditaram poder tirar a partir deles.
O Sr. Émile Dermenghem, em obra recente [3], vai muito mais longe do que eles. Ele chegava mesmo a escrever, em 1930, sobre diversos místicos muçulmanos estudados nestes últimos anos: “Todos esses sufis, pensadores, poetas ou santos exprimiram a grande experiência mística: morrer para o mundo para viver em Deus, com fórmulas tocantes e análogas às dos Padres, Doutores e místicos cristãos, e frequentemente também dos vedantinos hindus. O que confirmaria a tese de R. Guénon sobre a universalidade da tradição: ‘quod ubique, quod semper, quod ab omnibus’, segundo a fórmula católica. Eles não cessam de repetir, com os escolásticos, que as criaturas não têm outro ser além daquele que elas recebem de Deus e, com São Paulo, que é nele que nós temos a vida, o movimento e o ser.” [4]
A esse respeito, o Padre Eliseu da Natividade fazia, aqui mesmo [5], esta justa observação: “Não sabemos o que o Sr. Dermenghem pretende entender por grande experiência mística; em todo o caso, jamais a Igreja tomará como critério único da verdade essa universalidade da tradição.”

*   *   *

Por outro lado, racionalistas e sobreviventes do modernismo se esforçam por reduzir até mesmo a experiência mística descrita por São João da Cruz à mística natural que se encontra, em níveis diversos, em todas as religiões e a qual, do ponto de vista deles, é superior a todo Credo. Destarte, a revelação dos mistérios da salvação, tal como é proposta pela Igreja, a Pessoa mesma de Nosso Senhor, Seu exemplo, os sacramentos instituídos por Ele, nada trazem de essencial ao católico, mas somente uma maior segurança, estando o essencial além e acima: numa experiência mística que se encontraria nas almas mais interiores de todas as religiões, e que não seria outra coisa que o desabrochar natural do sentimento religioso.
Essa questão, aos olhos do teólogo, é uma das formas mais delicadas do problema já bastante difícil da salvação dos infiéis, e ela se apresenta cada vez mais, hoje em dia. [6]
Por pouco que se desvie do verdadeiro caminho, pende-se para erros diametralmente opostos, que é bom recordar no início de toda investigação. Na primeira parte deste estudo, veremos como o problema se põe, sua importância e suas dificuldades; na segunda parte, tentaremos enunciar os princípios que possam permitir resolvê-lo.

I. – POSIÇÃO DO PROBLEMA

Os erros extremos a evitar

domingo, 13 de abril de 2014

Bellezas del Arte Cristiano, n. 3 (14/4/2014)


Obras maestras (en piedra jabón) de Aleijadinho


Cuestiones Teológicas n. XXV, 14 de abril de 2014


Mons. Tihamer Toth

Cristo Rey (II)

CAPÍTULO XVII

CRISTO, REY CRUCIFICADO


¡Viernes Santo!
¡No hay otro día más importante del año!
En ese día celebramos que Nuestro Señor Jesucristo murió crucificado por nosotros!
No se fue de este mundo después de una vida cómoda; no acabó su vida en una blanda cama, rodeado de sus seres queridos; murió sobre un patíbulo de ignominia, sobre la cruz. En ella expiró, entre carcajadas de escarnio; en ella terminó su vida mortal, agotado por los sufrimientos del espíritu y del cuerpo, abandonado de todos. En la cruz sufre durante varias horas. En la cruz sufre y muere por nosotros.
Y cada Viernes Santo atrae por un día las miradas de todos.
Entonces siente el hombre que no hay objetivo de vida más sublime, misión humana más elevada, deber más santo, que el que nos muestra la cruz de Cristo: salvar el alma.
El sacrificio del Viernes Santo me está diciendo con toda claridad: I. Cuánto me amó El a mí, y II. Cuán, poco le amo yo a El.

I

¡Cuánto me amó El a mí!
¿Cuánto? ¡Murió por mí! "¡Me amó y se entregó por mí!» Esto es amor.
Jesucristo muere clavado en una cruz. No tenía una almohada para reposar su cabeza, coronada de espinas. Le atravesamos sus manos y pies con agudos clavos. Le dimos a beber hiel y vinagre. En vez de recibir consuelos, recibió desprecios y blasfemias... ¡Oh Jesús!, ¿es esto lo que mereciste de nosotros? ¿A Ti, hijo de Dios, que bajaste de los altos cielos para darnos el reino eterno de tu Padre? ¡Y nosotros te clavamos en la cruz! ¡Cuánto me has amado!
Te interpusiste en medio, entre el cielo y la tierra, para encubrir con tu cuerpo ensangrentado y lleno de llagas a cada uno de los hombres, para encubrir mi alma pecadora y esconderme así de la ira de Dios; para desviar, con los brazos extendidos en lo alto, los rayos de la justicia divina; para implorar perdón para nosotros. Tú imploras al cielo pidiendo misericordia: «Padre, perdónalos...», a ellos, a todos, sin excepción. No te preocupas de ti mismo, no piensas en tu dolor, sólo piensas en mí. ¡Cuánto me amas!
Me amó..., me amó... Pero ¿quién podía esperar tal exceso de amor? Ya conocíamos las promesas del Mesías venidero hechas por Dios al hombre en el Paraíso. Cuando el Niño de Belén se sonreía mirándonos a los ojos, cuando el Hijo de Dios vivía entre nosotros como un hermano, sentíamos que en su Corazón ardía con vivísimas llamas en amor a los hombres. Al oír sus parábolas del buen samaritano, del hijo pródigo, del buen pastor que busca la oveja perdida, bien sentíamos los ardores del amor del Corazón de Jesús. Pero aquel amor sin límite y sin medida, que le llevó a soportar por nosotros, sin pronunciar una palabra de queja, los golpes rudos, los latigazos que le herían, el ser escupido y servir de befa, la corona de espinas, los dolores de la cruz... , no podíamos sospecharlo.
¡Cuánto nos ama Jesús!
Se deja clavar a la cruz para decirme cuánto me ama. Así conquista mi alma. Yo estoy al pie de la cruz, abismado al ver tanto exceso de amor, y espero que su sangre preciosa, aquella sangre divina, caiga sobre mí, y lave mis grandes pecados. Quisiera llorar con amargura; pero no puedo; este Jesús amoroso me fascina, su palabra me obliga a que le mire, no puedo desviar de El mi mirada. Pero si le miro, siento que me dice: Mira cuánto te he amado..., y tú ¿me amas a Mí... ?
Esta cruz manchada de sangre no sólo me está diciendo cuánto me ama, sino también cuán poco le amo yo a El.
Desde el Viernes Santo, hace dos mil años, que está erguida la cruz, y todos los hombres pasan en torno suyo.
Hay hombres de corazón duro, que pasan sin percatarse por delante de ella, para quienes nada significa la muerte del Señor, ni tampoco su vida ni su doctrina, cuyo único afán es el dinero, la mesa bien repleta y el degustar de los placeres... ¿Alma? ¿Religión? ¿Dios? ¿Oración? ¿Cruz?... : son palabras incomprensibles para ellos...
Hay otros que por un momento miran emocionados la cruz y el sacrificio cruento de Jesucristo... , pero se asustan de las repercusiones que lleva consigo. «No, no; Jesús, a pesar de todo, no podemos alistarnos en tu partido. ¿Tendríamos que estar dispuestos a morir como Tú? A morir a nuestros deseos desordenados, a nuestros bajos instintos. Esto significaría una luchar incesantemente contra nosotros mismos, una vigilancia continua. ¡No! No es posible. Ya luchamos bastante. Luchamos por la esposa, por los hijos, por el pan de cada día, por alcanzar una posición social, por el porvenir... No, no; Jesús, no te ofendas; pero para Ti, para nuestra alma, ya no nos queda tiempo, ni ánimo, ni energías... Mira, no somos malos; ya cargamos nuestra cruz... »
Hay un tercer grupo. Son los hombres que se arrodillan y rezan delante de la cruz. No sólo eso, sino que comparten sus infortunios y sufrimientos con los sufrimientos del Crucificado... , con la de Aquel que cargó sobre sus hombros las angustias y el pecado de la Humanidad. ¿Pertenecemos nosotros a este grupo? O por lo menos, ¿hacemos el firme propósito de alistarnos bajo su estandarte?
Desde que el estandarte de la santa Cruz se izó entre cielos y tierra todos han de tomar partido. Mira al Padre celestial: ahora recibe el sacrificio de su Hijo. Mira a los ángeles: conmovidos adoran a Nuestro Señor crucificado. Mira a sus enemigos: ¡cómo blasfeman de El, cómo le maldicen! Mírate a ti mismo, hermano. ¿De qué parte estás? Dime: ¿entre los enemigos de Cristo? ¿Entre aquellos que le odian, que le maldicen? No lo creo. ¿Quizá estés entre los soldados que se sentaron al pie de la cruz y, mientras a su lado se desarrollaba la tragedia más impresionante de la historia del mundo, ellos como si nada ocurriera, se pasaban el rato jugando a los dados? Hermano, piénsalo bien, ¿no estás tú entre estos soldados?
«Cristo murió por mí. Pues el que haya muerto, ¿qué me importa_?» «Pero yo no hablo así», me dices. No, no hablas así, pero piensas y vives como si Cristo te fuera completamente extraño; como si Cristo no te importara.
No te importa que le hayan azotado durante la noche; pero sí te importaría tener que mimar un poco menos tu cuerpo y no poder concederle todo cuanto pide, aunque sea algo pecaminoso.
No te importa que le hayan hecho a Cristo blanco de la befa del mundo, presentándole ante la turba blasfema como un loco; pero te importaría mucho si algunos se burlaran de ti porque te tomas en serio la fe.
No te importa que a Cristo le hayan coronado con agudas espinas; pero sentirías mucho tener que reprimir tus caprichos y dominar tus instintos.
No te importa que Cristo haya derramado toda su sangre por ti; pero cuánto te pesa dedicar una hora cada domingo para participar de la Santa Misa.
No te importa que Cristo haya tenido que subir casi a rastras, cargando con la cruz, por el camino pedregoso del Calvario, pero sería una lástima que tú tuvieses que ascender el camino exigente de la virtud.
No te importa que Jesucristo haya sido clavado en la cruz, y su Corazón traspasado por una lanza; pero sería muy duro padecer algo por El y cumplir sus preceptos.
¿Tan pocas entrañas de misericordia tienes para este Cristo que tanto sufre por ti?
¿No te da lástima? Si de verdad te diese lástima, no vivirías como vives.

* * *

¡Jesús! Tu pobreza ha de ser mi pobreza. Tu dolor ha de ser la causa de mi enmienda. Tu corona de espinas ha de unir dos corazones: el tuyo y el mío. Tus lágrimas y tu sangre preciosísima han de reformar mi vida. Tu amor abrasado ha de derretir mi duro corazón. ¡Oh Señor! Cuando Tú sufriste, mi alma se limpió. Cuando Tú derramaste tu sangre, mi castigo se mitigó. Cuando Tú te sumergías en los mares del sufrimiento, yo me salvé de la condenación. Cuando Tú moriste, ¡entonces empecé yo a vivir!
Me importa tu Pasión; me importan los golpes y latigazos que recibiste; me importa la cruz en que fuiste clavado. Y no me importa que tenga que luchar para vivir sin pecar. Aunque tenga que luchar hasta la muerte, no cejaré, Señor.
Voy a hacer todo lo posible, mi Cristo crucificado, para que reines en la sociedad, en las familias, en cada hogar, en todos los lugares de donde te han echado. Tienes que reinar de nuevo en el alma de los jóvenes.
Jesús, que nos ha amado hasta la muerte, tiene derecho a reinar en el mundo entero. Tiene derecho a que nosotros, los que fuimos redimidos con su sangre, le ofrezcamos agradecidos toda nuestra vida.
¡Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, porque por tu santa Cruz redimiste el mundo!


CAPÍTULO XVIII

CRISTO, REY DE LOS ATRIBULADOS (I)

Cuestiones Teológicas n. XXIV, 13 de abril de 2014




Mons. Tihamer Toth


Cristo Rey (I)


Resumen adaptado por
Alberto Zuñiga Croxatto



ÍNDICE

I Concepto de la realeza de Cristo (I)
II Concepto de la realeza de Cristo (II)
III Los derechos de Cristo a la realeza
IV Cristo, Rey de la patria terrena
V Cristo, Rey de la patria eterna
VI Cristo, Rey de la Iglesia
VII Cristo, Rey del sacerdocio
VIII ¿Qué significa el nacimiento de Cristo para el mundo?
IX Cristo, Rey de mi alma
X Cristo, Rey de los niños
XI Cristo, Rey de los jóvenes
XII Cristo, Rey de la familia (I)
XIII Cristo, Rey de la familia (II)
XIV Cristo, Rey de la familia (III)
XV Cristo, Rey de la familia (IV)
XVI Cristo, Rey de dolores
XVII Cristo, Rey crucificado
XVIII Cristo, Rey de los atribulados (I)
XIX Cristo, Rey de los atribulados (II)
XX Cristo, Rey de los confesores
XXI Cristo, Rey de la vida humana
XXII Cristo, Rey de la mujer
XXIII Cristo, Rey de las madres
XXIV Cristo, Rey de la muerte
XXV ¿Quién es Cristo para nosotros?
XXVI Ave, Rex!

Encíclica Quas primas de Pío XII sobre la fiesta de Cristo Rey



INTRODUCCIÓN

El 11 de diciembre de 1925, los anales de la Iglesia registraron un acontecimiento de trascendencia suma: Su Santidad el Papa Pío XI, en su encíclica Quas primas, instituyó una nueva festividad; mandó consagrar que un domingo del año se celebrase la fiesta de la «Realeza de Cristo». Es un tema tan importante, que le vamos a dedicar este libro.
Y al escogerlo como tema de este libro me fundo en dos consideraciones.
La primera es el respeto filial y homenaje que hemos de manifestar los fieles católicos a todas las palabras y a todos los actos del Papa. Él es la Cabeza visible de la Iglesia.
Y me acucia también la importancia del tema. El objeto de la nueva festividad es tan inagotable, que temo falte lugar y tiempo para desarrollar los puntos necesarios, es decir, para explicar debidamente la «Realeza de Cristo».
¿En qué consiste la nueva festividad y cuál fue el objetivo del Papa al instituirla? ¿Qué significa la realeza de Cristo y qué podemos esperar de la misma? ¿Cómo ha mejorado la sociedad desde que se dejó guiar por Cristo y qué sería de ella sin el Redentor? Cristo es Rey de todos nosotros: es Rey de la Iglesia, Rey del sacerdocio, Rey de los confesores, Rey de los atribulados, Rey del individuo y de la sociedad. Política, matrimonio, deportes, costumbres, vida moral, infancia, juventud, mujer, familia, ¿adónde llegan cuando siguen a Cristo y cuál es su resultado, si prescinden de Él?...
Tales serán los puntos que pienso exponer. Pido a mis amables lectores que sigan los razonamientos con el interés y atención que se merecen la palabra del Papa y la importancia del asunto.


CAPÍTULO PRIMERO
CONCEPTO DE LA REALEZA DE CRISTO (I)

I

Cuando instituyó Pío XI esta nueva festividad, lo hizo pensando en el bien que traería al mundo entero.
Al hacerlo, el Papa hizo constar explícitamente que lo que esperaba de la misma era una «renovación del mundo». Tenía una tristísima experiencia. La guerra mundial se terminó con un tratado de paz, para el cual no se pidió la colaboración del Papa. ¡Funestos «pactos de paz» aquellos en que ni siquiera se menciona el nombre de Dios! Y continúan las asambleas por la paz, pero nadie pronuncia el nombre de Dios...
¡De ahí los resultados que vemos! No vivimos en paz y no estamos tranquilos. Nuestro mal está justamente en que no somos lo bastante cristianos.
El Papa es precisamente el vigía en la atalaya del Vaticano, a él incumbe mostrar el camino. Es el que mejor conoce cómo está la salud espiritual del mundo. ¿Qué es lo que nos está diciendo el Papa al publicar la festividad de Cristo Rey? ¿No tenéis paz? No la tenéis porque la buscáis por caminos errados. Prescindís de Cristo, cuando El es el punto céntrico de toda la Historia. Se ha desencadenado la peste en el mundo, la peste que destruye las conciencias y la vida moral. ¡Hombres! ¡Esta peste está corrompiendo el mundo! ¡Os contagiáis cuando desterráis de vuestra vida a Cristo! De seguir así, pereceréis...
Y lo que más prueba cuánta razón asiste al Santo Padre es el hecho de que nosotros ni siquiera nos asustamos al oír su grito de alarma. ¡Qué poco se habla de ello en los medios, en las reuniones, en las conversaciones...!
¿Sucede realmente así? ¿Dónde se habla de ello? En ninguna parte.
Y esto precisamente demuestra lo gravemente enferma que está la sociedad. Desde el más alto puesto se nos llama la atención sobre la enfermedad mortal que padecemos y ni siquiera nos asustamos, no movemos ni un dedo.
A este respecto, me acuerdo de un caso curioso. Un médico experimentado llevó a sus jóvenes alumnos a una gran sala del hospital; los colocó en medio de la misma y les dirigió esta pregunta: «Díganme ustedes desde aquí, de lejos, ¿cuál es el enfermo más grave?» No atinaban a saberlo y nadie se atrevía a contestar. ¿Cuál?... ¿No lo saben? Pues bien, miren allí, en aquel rincón, aquel hombre que está lleno de moscas. Es él. Porque si un enfermo sufre con tranquilidad, con apatía completa, que las moscas se posen sobre su cara, es señal de que ya se acerca su fin... »
La enfermedad de la sociedad no puede ocultarse por más tiempo; aparecen ya las úlceras gangrenosas; pero nadie cambia de postura, nadie se asusta...
Pero ¿dónde está el mal?, me preguntará tal vez alguno. ¿Es que acaso se persigue a la Iglesia? ¿Es que no hay libertad religiosa? ¿Es que le espera al creyente el cadalso o la cárcel? No, ya no existen tales persecuciones, como la de los antiguos Nerones y Dioclecianos. La peste actual obra de distinta manera. Sus bacilos enrarecen el aire en torno de Cristo y no permiten que en la vida pública seamos católicos.
El mundo es un libro inmenso; cada criatura, una frase del mismo; el autor, la Santísima Trinidad. Todo libro gira alrededor de un tema fundamental; si quisiéramos resumir en una sola palabra el pensamiento fundamental del mundo, habríamos de escribir este nombre: ¡Cristo! Ahora no lo vemos aún con toda claridad; tan sólo lo comprenderemos cuando aparezca en el cielo la señal del Hijo del Hombre... Entonces veremos sin nubes y neblinas que El fue el alfa y el omega, el principio y el fin, el centro y la meta. Pero aunque ahora no lo veamos con claridad, creemos; creemos que donde falta la señal del Hijo del Hombre, allí reina la oscuridad, allí se eclipsa el mundo espiritual. ¡El Sol se eclipsa para las almas!
«¡Pero confesamos a Cristo! Nos consideramos católicos», me dirás acaso, amigo lector. Sí: quién más, quién menos. Pero ¡son tan pocos los que viven a Cristo! Cristo es Rey en mi corazón, es verdad; Cristo es el Rey en mi hogar, es cierto, ¡pero no basta! Cristo es Rey... también en la escuela, en la prensa, en el Congreso, en la fábrica, en el municipio...
Pasemos nuestra mirada por el mundo: ¿Dónde impera la santa Cruz de Jesucristo? La vemos en los campanarios de las iglesias, en algunas escuelas, sobre la cama de algunos católicos. Pero en la vida pública, ¿dónde impera la Cruz de Cristo? No la vemos.
Una noche fría, una noche sin Cristo envuelve las almas. Cristo, aun para muchos de los que fueron regenerados por el santo bautismo, no es más que un vago recuerdo que no influye apenas en sus vidas.
¿Comprendes, pues, cuál es el objetivo de la nueva festividad? Hacer patente esta terrible verdad: que Jesucristo, el Sol del mundo, no brilla en este el mundo.
Nadie persigue la religión de Cristo. Pase; pero «no hay lugar para El» en ninguna parte. ¡Cómo suena para nosotros esta frase: «no hay lugar para El»!... ¿Dónde la hemos oído? Ah, sí... La noche de Belén: allí tampoco hubo nadie que persiguiese a Jesús... ; sólo que las circunstancias políticas, sociales y económicas eran tales, que no hubo lugar para El. Hoy no se persigue, acaso, a Cristo, pero... «no hay lugar para El». ¿En dónde se puede hallar hoy a Cristo? Tan sólo en la iglesia. Pero esto no basta. El nos lo pide todo, porque le pertenece. En el momento de salir de la iglesia ya no tenemos la impresión de vivir entre cristianos. Cristo es Rey, pero le hemos despojado de su corona, y así no puede reinar.

II

sexta-feira, 11 de abril de 2014

“A Dança”, pelo Padre Ricardo Félix Olmedo



* Artigo extraído do blog Borboletas ao Luar 
(http://borboletasaoluar.blogspot.com/)

[...]

Na sociedade cheia de contradições em que vivemos, a dança se transformou para quase toda a juventude, algo quase necessário, e para não poucos, a coisa mais importante de suas vidas. O fim de semana é esperado com ansiedade e planejado cuidadosamente com muita antecedência, de maneira que todo o ano está organizado em torno dessas reuniões mundanas, festas, noitadas, boates, discotecas, etc., onde os jovens esgotam seus corpos e pervertem suas almas desde a meia-noite até a madrugada, por meio da dança[16], com conversas frívolas quando não abertamente más incluindo bebidas e até drogas...
“A moral da Igreja é imutável e o que ontem era vaidade, ocasião próxima de escândalo ou de pecado, o é hoje e o será sempre”, ensinava com toda razão Dom Antônio de Castro Mayer em sua sempre vigente e mais atual que nunca, carta pastoral sobre os “Problemas do Apostolado Moderno”[17]. Por isso é importante um juízo acertado sobre a dança e as suas circunstâncias, que sirva, tanto aos pastores de almas como aos fiéis devotos que vivem no mundo, para julgar e obrar segundo a reta razão e os princípios perenes da moral católica.

§ 1. NOÇÕES PRÉVIAS

O Cardeal F. Roberti define a dança como “um conjunto de movimentos rítmicos com os quais se expressam sentimentos de entusiasmo, especialmente de alegria”[18], e assim entendido, conforme a sã teologia moral deve-se afirmar que a dança não é em si intrinsecamente má[19]. Como também não o são a música e a poesia.
Pode-se então considerar a dança como uma atividade honesta de distração, expressão ou manifestação de alegria da alma, realizada por movimentos corporais compassados, e até como a expansão de um culto religioso...: “chegam os primeiros cristãos, ainda impregnados dos usos pagãos, diz um autor, introduzindo a dança nos ritos da Igreja...” E é significativo que os primeiros monges se chamassem coristas[20]. Recorde-se aqui a dança do rei David diante da arca da aliança e outras ações semelhantes que conta o Antigo Testamento[21], como também alguns bailados ou danças folclóricas, individuais ou em grupo, ainda que de ambos os sexos, por ocasião de festas civis em que os participantes giram e realizam movimentos separadamente..., e ainda alguns outros que poderíamos chamar danças da corte ou de salão até a metade do século XVIII.
Mas também existem danças más, como aquelas que nos conta a mesma Sagrada Escritura, a de todo o povo hebreu diante do bezerro de ouro, ou a de Salomé, filha de Herodíades, no dia do aniversário de Herodes[22], e as que aparecem a partir do século XVIII e XIX. É então que “se deu uma grande revolução nas danças de salão, desde o ponto de vista moral, quando a dança na qual o cavalheiro toca apenas a mão da dama chegou a uma nova espécie em que o casal, em um abraço apertado, movimenta-se em giros contínuos, como a valsa, a polca, a mazurca, etc.”[23] O século XX nos trouxe uma maior decadência, com o advento do tango, o foxtrote, o charleston, até os mais modernos denominados com nomes extravagantes de origem indígena, ou melhor, negro-americanos, como o mambo, o chachachá, o rock and roll, e, mais recentemente, também méxico-americanos, como a rumba, etc.
Se é certo que a dança é uma demonstração lícita de alegria e ainda mesmo de piedade, por causa do pecado original e da ferida da concupiscência, a mesma se torna facilmente em uma ocasião de desordens passionais, e por isso o Espírito Santo adverte ao católico: que “não frequentes o trato com a bailarina, nem a escutes, se não queres perecer ante a força de sua atração”[24], e que a dança é o símbolo da impiedade: “os ímpios tocam o pandeiro e o tambor e dançam ao som dos instrumentos musicais; passam em delícias os dias de sua vida, mas na hora da morte vão ao inferno”[25].
Por isso sempre foi preocupação dos Padres da Igreja e do Magistério por meio dos Concílios de todas as épocas, dos Papas e também dos Bispos, advertir o que a moral cristã tem a dizer a respeito da dança. Citando aqui dois exemplos, transcrevemos o que afirmou o Concílio de Laodiceia no século IV, em seu cânon 53: “os cristãos que assistem às bodas não devem nem saltar nem bailar, senão participar com decência à comida ou à ceia, como convém a todo cristão”, e Bento XV, em sua encíclica Sacra propediem: “não falemos dessas danças – umas más, outras piores – exóticas que, saídas da barbárie, invadiram pouco a pouco os salões mais elegantes, sem que seja possível encontrar nada mais a propósito que elas para acabar com o último rastro de pudor”[26].
Com essas premissas, consideremos os princípios morais que devem regular esta atividade do homem. 

§ 2. PRINCÍPIOS MORAIS